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El estreno de ‘El regreso de Mary Poppins’ (‘Mary Poppins Returns’) ha supuesto una resurrección inesperada de un personaje arraigado en la cultura popular casi como una arteria aorta de Disney. La casa de los sueños ha perpetuado su legado al extremo de que ahora mismo, es casi como si la silueta de la mujer con paraguas, sombrero y falda hasta los tobillos, fuera una forma tan reproducible e identificativa de la empresa como las orejas del ratón Mickey.

Es probable que los nostálgicos o cualquier enamorado del original hayan encontrado en la nueva película de Rob Marshall un salvoconducto para verter toda sus ansias acumuladas durante años de espera por un nuevo material o adaptación de las novelas, pero lo que quizá no sabían es que tenían esperándoles una “nueva entrega” disponible desde 1983. No un remake, ni una secuela, sino un fascímil, una versión apócrifa, una pseudoadaptación de la Unión Soviética de los mismos libros.

Poppins rusa

Desde Rusia con paraguas

Es curioso, que el primer libro de la creadora de la niñera mágica no fue un cuento de hadas sino un cuaderno de viaje, de su periplo por la Unión Soviética en 1932. ‘La excursión de Moscú’ de Pamela Lyndon Travers se publicó meses antes que ‘Mary Poppins’, de 1934, que curiosamente, en su momento fue criticada precisamente por sus contenidos satíricos sobre el capitalismo. En la película se ejemplifica en el momento en el que el banquero azuza al pequeño Banks para que invierta su moneda en el banco.

A decir verdad, para ser un producto infantil, los términos de bonos, bienes inmuebles, dividendos, acciones, quiebras y ventas de deudores aburrían de forma suficiente a los niños que solo pensaban en saltar a la comba, andar en bicicleta o volar una cometa, por lo que la perspectiva hacía pleno efecto en las jóvenes mentes infantiles. Sin embargo, en su ensayo, Travers no se centraba en describir las bondades del sistema comunista, sino que describía con detalle los efectos de la sociedad orwelliana hacia la que había evolucionado.

Por su carga ideológica no sería extraño que el material de la niñera-bruja hubiera entusiasmado a los soviéticos, que también tienen una gran tradición de cine de cuentos de hadas colorista y cándido. Puede que esa fuera la razón de la existencia de ‘Adiós, Mary Poppins’ (‘Meri Poppins, do svidaniya’ 1983) más que una película, una miniserie musical de dos partes. La primera lleva por título ‘Lady Perfección’ y la segunda ‘La semana termina el miércoles’. Fueron dirigidas por Leonid Kvinikhidze, un veterano director de cine soviético.

Inglaterra, versión URSS

La miniserie fue promovida por el Gosteleradio de la URSS y producidas por Mosfilm y su estreno oficial en televisión fue el 8 de enero de 1984. Se basa muy libremente en las historias de P. L. Travers. Por ejemplo, a diferencia de las novelas, está ambientada en la Inglaterra contemporánea de los años ochenta y es muy curioso ver cómo esta es percibida por los cineastas rusos.

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Una casa idealizada con muebles suntuosos, familia de exquisitos modales y retazos de la cultura occidental de la época, con televisión, vaqueros y reproductores de casete. En general, el Londres que presenta es defasado y oscurote, pero no muy distinto al que presentaban las propias series británicas de esos años.

‘Adiós Mary Poppins’ comienza como ya sabemos. Los Banks viven demasiado ocupados como para ocuparse de sus hijos, buenos chavales, pero aficionados a las travesuras, por lo que contratan a una niñera que resulta tener poderes mágicos y, entre sus lecciones diarias de comportamiento, suele llevar a los niños de aventuras.

Hay detalles que, curiosamente, coinciden con la secuela que se encuentra en cartelera, como la madre de los niños yendo a las reuniones de las asociaciones feministas en bicicleta y el señor Banks también más modesto económicamente y no tan serio como el padre del clásico.

Mary Poppins, la belleza que llegó del este

Tampoco aparecen el resto de limpiadoras de la casa, dejando todas las tareas del hogar a Mary Poppins. La madre de la señora Banks viene a visitarlos de vez en cuando y no aparece Bert, pero sí un personaje parecido llamado Robertson, en realidad el cuñado del señor Banks, que es una especie de hippie activista que, guitarra en mano, hace unos cuantos guiños pop en los momentos musicales y acaba colado por la niñera. Este dato es interesante, ya que Travers prohibió que hubiera flirteo entre Poppins y el deshollinador en el filme de Disney.

Natalya Andrejchenko

La pequeña ciudad representada en la miniserie no tiene un diseño de producción artificioso, pero mezclado con la visión mágica de un suburbio británico propio de libros infantiles, queda como un lugar realista pero lleno de elementos encantadores. La escena de tiovivo está al final, pero hay una pastelería de sueños o una estatua parlante.

El barrio y sus vecinos componen un lugar lleno de detalles pintorescos, con policías en bicicleta que tienen conversaciones surrealistas o el equivalente al capitán, que es aquí un conspiranoico con periscopio preparado para la llegada de extraterrestres.

La Mary Poppins soviética es Natalya Andrejchenko, una estupenda elección cuya actuación combina belleza —no hay por qué comparar, pero es radiante—, dulzura, elegancia, gracia y humor. En general, sigue los pasos de Julie Andrews y le da a un toque personal. Aunque carece de la sonrisa cautivadora de la actriz original, Andrejchenko sabe aprovechar los contrastes entre su semblante firme y su lado más amable, que permite, con tan solo un cambio ligero en su rostro, mostrarnos el lado oculto del personaje.

Gatos danzarines y lentejuelas

Adiós, Mary Poppins (1983)

En su primera parte se centra en conocer a Mary Poppins con los niños como espectadores poco partícipes de las peripecias de la joven niñera, en dónde vemos detalles de la película y de la novela. Sin embargo, en la segunda parte la bruja pierde protagonismo y aumenta el de personajes que estaban en segundo plano.

La mezcla de géneros se intensifica con números teatrales, casi propios de cabaret o revista, con un gato que baila y muchas lentejuelas en los que no sabes si te encuentras en ‘Noche de fiesta’ o en una de Fellini. El baile con globos rodado con ojo de pez y neblina podría lanzarse con una banda sonora inquietante para crear una set piece de puro horror infantil.

En general, la producción es modesta y sin la magia del esplendor technicolor Disney, la dirección cabalga entre lo cinematográfico y lo televisivo, pero carece de fuerza. Sin embargo es extravagante y digna de aparecer en ‘Mystery Science Theatre 3000’, no por su ineptitud sino porque resulta chocante y anacrónica en detalles tan aleatorios como que la Sra. Andrew fuera interpretada por un hombre travestido, algo sorprendente en una producción de la Unión Soviética, donde la homosexualidad era ilegal.

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Puede parecer toda una rareza pero la realidad es que este tipo de películas infantiles surrealistas, locas, y llenas de canciones pop eran bastante típicas en la URSS de los 80. Sin embargo, hay un halo mucho más adulto en ‘Adiós, Mary Poppins’. Su director ha declarado que la intención no era hacer una película infantil sino para mayores. El hecho de que fuera tan bien recibida por los niños fue inesperado para él, y la verdad es que aunque no hay nada poco apropiado, el tono es indudablemente extraño y melancólico.

Super disco cabaret

En cuanto al material musical, no hay melodías o palabras mágicas para el recuerdo como “chin chim cheree” o “supercalifragilisticoespialidoso”, aunque tampoco las hay en la secuela oficial. Por otra parte, tampoco puede considerarse un musical al uso, pero sabe aprovechar los momentos en los que introducir una canción con gancho que anime un poco para dar un empujón alegre a la película.

Los temas fueron grabados por tres antiguos miembros de la banda Voskreseniye, y suenan con guitarra, teclados, sintetizadores chirriantes y batería, entre el New Wave y el musical de Bollywood de esos años. Entre todos los temas destacan la dulce balada que Mary Poppins canta a los niños antes de dormir, y ‘Veter Peremen’, el número final entre luces y brillos nostálgicos.

Para que no se ponga en duda su fama de origen, esta Poppins baila mucho más que Andrews e incluso los padres intervienen en las secuencias de danza. Aunque le falta un poquito de vitaminas entre escena y escena, la mayoría de clips son agradables y resulta simpático ver cómo salvan la papeleta del bajo presupuesto con detalles de creatividad y algunas sorpresas.

Aunque no veamos volar nunca a la niñera, ‘Adiós Mary Poppins es toda una experiencia que sobrevive, entre lo teatral y lo ecléctico, a su carencia de la magia disneyana —que por otro lado, en 2018 ha quedado claro que es irrepetible—. La narración es muy fría, muy típica del cine de países del Este en esos años, pero a su manera tiene un corazoncito latiendo, entre lo deprimente y lo lisérgico, y puede que algún despistado que se acerque buscando algo kitsch acabe maravillado con esta, para nosotros pobres occidentales, rareza gourmet.

 

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